Cuales son los problemas psicológicos más habituales en niños deportistas

Los problemas psicológicos más habituales en niños deportistas.

Hay un momento que muchos padres y madres reconocen: tu hijo lleva años entrenando, lo hace bien, le gusta su deporte… y de repente algo cambia. Se pone muy nervioso antes de los partidos, llora después de cometer un error, dice que ya no quiere ir a entrenar. O simplemente notas que algo no está bien, aunque no sepas exactamente qué.

No siempre hay una causa obvia. Y eso, precisamente, es lo que más desconcierta a las familias.
En este artículo quiero explicarte cuáles son los problemas psicológicos que aparecen con más frecuencia en niños y adolescentes deportistas, qué hay detrás de cada uno y cuándo tiene sentido buscar ayuda de un profesional.

Si bien es cierto que el deporte es una experiencia enormemente positiva para los niños, también es un entorno de exigencia, comparación constante, presión por los resultados y exposición pública al error

Muchas de estas situaciones son ya difíciles de manejar para un gran número de adultos. Para un niño de 10 o 14 años, que todavía está formando su identidad y aprendiendo a regularse emocionalmente, puede ser abrumador.

Por ello, será crucial asegurarnos de que son capaces de desarrollar las herramientas que les permitan atravesar las dificultades que el deporte (al igual que la vida) les depara.

Antes de seguir con la lectura, puedes echarle también un vistazo a nuestros servicios de psicología para niños, adolescentes y familias.

1. Ansiedad y nervios antes de competir.

El miedo o ansiedad competitiva es una de las dificultades más frecuentes que aparecen no solo en jóvenes deportistas, sino también en atletas del más alto nivel. Estos nervios aparecen como respuesta adaptativa a situaciones que anticipamos como peligrosas o amenazantes. El miedo a decepcionar a la familia, entrenadores o compañeros, a cometer errores o a sufrir algún daño físico, acaba perjudicando el rendimiento y su experiencia deportiva.

Las primeras señales de alarma, suelen ser discretas. A veces, con pequeños cambios en su toma de decisiones, dejan de atreverse a asumir riesgos en su juego, se esconden del balón, cometen errores que relacionamos con falta de atención o concentración, etc. Progresivamente van expresando mayor insatisfacción por su rendimiento, aparecen las reticencias y la pereza a la hora de competir, entrenar y empezamos a observar inquietud y malestar antes de las competiciones o partidos.

Algunas veces, lo que empieza como un problema leve y puntual, acaba convirtiéndose en una fuente de malestar sistemático que afecta al rendimiento, al disfrute y, en los casos más intensos, al bienestar general del niño fuera del deporte, impactando en su autoconcepto y autoconfianza.

El trabajo psicológico en este área, lejos de lo que se pueda pensar, no consiste en eliminar esos nervios. Va de ayudar al niño u adolescente a entender qué le está pasando, a identificar sus emociones y pensamientos y a desarrollar una relación diferente con todo ello.

Este cambio de perspectiva, les ayuda a ser más conscientes sobre su poder de decisión y por lo tanto, les permite actuar de forma más coherente con sus objetivos deportivos. 

2. Frustración y bloqueos ante los errores.

Como explicábamos antes, la ansiedad en competición aumenta las distracciones y con ellas la probabilidad de cometer errores. Cuando eso ocurre, los miedos iniciales se confirman y el nerviosismo se acentúa, cerrando el ciclo.

El error es parte inevitable del deporte. Todos lo sabemos. Pero saberlo no lo hace más fácil de gestionar, especialmente para un niño, porque el error no es solo un acontecimiento técnico: siempre viene acompañado de frustración y de tristeza. El objetivo del deporte es acertar, y fallar nos expone a consecuencias reales: perder un punto, decepcionar al equipo, quedar en evidencia. Es completamente lógico que los niños quieran evitarlo. No es un problema de actitud ni de madurez, sino la naturaleza del propio deporte.

Aprender a hacerle espacio al error, como parte inevitable del proceso de aprendizaje, es en si mismo un gran reto al que todos debemos enfrentarnos en algún momento. Ya sea en el deporte, los estudios, nuestra vida laboral… Aceptar que hay precios que deberemos asumir si queremos vivir la vida con sentido y siendo fieles a nuestros propios objetivos y valores. Un poco como ese amigo del grupo que tiene sus rarezas y que no siempre resulta fácil, pero con el que has decidido quedarte. El error es ese amigo. No desaparece, pero se puede aprender a convivir con él sin que arruine el partido.

La dificultad está en que ese aprendizaje no ocurre solo. Requiere un trabajo específico que va más allá de decirle al niño que equivocarse es normal.

3. Pérdida de confianza en sus habilidades.

Como efecto de la bajada de rendimiento y el aumento del número de errores, se produce una bajada en el nivel de confianza del deportista. La confianza que percibimos en nosotros mismos depende en gran medida de nuestras experiencias anteriores. Si atravesamos una mala racha, lo normal es pensar que el riesgo de fallar es considerable.

La confianza en el deporte es frágil. Se construye despacio, con experiencias positivas acumuladas, y puede derrumbarse con relativa rapidez si las cosas no salen bien durante un tiempo.

En niños y adolescentes, la confianza es especialmente sensible porque todavía no tienen la perspectiva temporal que da la experiencia. Para un adulto, una mala racha de tres semanas es una mala racha. Para un niño de 12 años, puede interpretarse como una evidencia definitiva de que no vale para el deporte.

Cuando veo en consulta a un niño con pérdida de confianza, casi siempre hay un detonante claro: una lesión, un cambio de categoría, un comentario del entrenador que se quedó grabado, una comparación con un compañero…

Cuando esa confianza se ve reducida debido a cualquiera de estas dificultades, empiezan a aparecer de nuevo, cambios en su juego: arriesga menos, juega con miedo, evita ciertas acciones, busca no equivocarse y deja de competir con naturalidad. Y, paradójicamente, cuanto más trata de protegerse del error, más se aleja de su mejor versión.

Debido a esto, no suele ser suficiente con repetirle “confía en ti” o “tú puedes”. Muchas veces necesita ayuda para entender qué le está pasando, recuperar sensación de control y volver a exponerse poco a poco a las situaciones que ahora le generan miedo.

imagen bucle de razonamiento circular de la confianza

4. Percepción de una presión excesiva por parte de padres y entrenadores.

El papel de las diferentes figuras de referencia es algo clave y que requiere atención y cuidado. Es habitual caer en el error de sobre exigir resultados y progreso a los jóvenes deportistas, creyendo que así les animamos a esforzarse más. Debemos tener presente la edad del deportista y entender que quizá todavía no tiene las habilidades para gestionar eficazmente este tipo de situaciones.

La presión que percibe un niño deportista no siempre viene de una exigencia explícita. A veces viene de comentarios que parecen de apoyo («sé que puedes con esto»), de preguntas centradas en el resultado («¿cuántos goles has marcado?»), de expresiones faciales en la grada, de silencios incómodos en el coche de vuelta a casa.

Los niños son extraordinariamente sensibles a las señales emocionales de los adultos que les importan. Cuando sienten que su rendimiento deportivo afecta al estado de ánimo de sus padres, eso se convierte en una presión enorme que se superpone a la que ya existe dentro del propio contexto competitivo.

5. Miedo o estrés generado por el estilo comunicativo del entrenador:

Un buen entrenador no tiene que ser psicólogo, pero sí saber de psicología. Saber comunicar y hacerlo acorde a la edad de los deportistas con los que se trabaja es imprescindible. Adoptar estilos excesivamente agresivos o autoritarios puede causar que aparezca miedo al error y lapidar la creatividad y confianza de los niños y niñas en edades de formación.

Los estilos de entrenamiento excesivamente autoritarios, los comentarios críticos en público, las comparaciones entre jugadores o la falta de reconocimiento del esfuerzo pueden generar en los niños miedo al error, vergüenza y una pérdida progresiva de la confianza. Y todo eso acaba llegando a casa.

Cuando un niño habla mucho de su entrenador, y siempre en términos de miedo o de querer no defraudarle, eso nos da pistas importantes sobre el entorno en el que está compitiendo.

Hace unos años hice una encuesta en mis redes sociales y algunos deportistas compartieron experiencias buenas y no tan buenas con sus entrenadores:

experiencias desagradables con entrenadores

6. Pérdida de motivación e interés por el deporte.

A medio plazo, si la tendencia no se revierte, todo ese malestar puede repercutir negativamente en la calidad de la experiencia deportiva y en la motivación del niño tanto en entrenamientos como en competiciones. Inevitablemente, si el deporte se convierte en una fuente de malestar, dejará de ser algo que nos atraiga.

Cerca del 40% de los jóvenes abandonan el deporte antes de los 15 años. Es un dato que siempre llama la atención, y detrás de él hay muchas causas distintas. Una de las más frecuentes, y de las menos reconocidas, es el agotamiento emocional.

Un niño que lleva meses sintiendo que el deporte es una fuente de malestar (nervios, errores, presión, sensación de no dar la talla) acaba desconectando. La motivación no desaparece de golpe, se va erosionando poco a poco hasta que un día dice que ya no quiere ir a entrenar.

Es importante distinguir entre un niño que quiere dejar el deporte porque genuinamente ha perdido el interés y un niño que quiere dejarlo porque está en un momento de dificultad emocional que no sabe gestionar. La respuesta de los padres ante cada caso debería ser muy diferente, y no siempre es fácil distinguirlos desde dentro.

¿Cuándo es el momento de buscar ayuda?

La respuesta a esta pregunta suele ser compleja y variable. Por lo general, hace falta esperar a que la situación sea grave. Hay algunas señales pueden indicarnos que es buen momento para plantearlo: 

⚠️ El niño lleva más de 3-4 semanas con nervios intensos antes de competir que no mejoran solos.

⚠️ Ha habido un cambio de actitud claro: un niño que antes disfrutaba y ahora no quiere ir a entrenar o competir.

⚠️ Los errores le afectan de forma desproporcionada y no logra desconectar después.

⚠️ Habla mucho de no ser suficientemente bueno, de que los demás son mejores, de que no sirve para el deporte.

⚠️ La dinámica familiar alrededor del deporte se ha vuelto tensa o conflictiva.

Si te sientes identificado con lo expuesto en este breve artículo, puede que te resulte interesante echarle un vistazo a los servicios que ofrezco actualmente a niños y adolescentes a partir de los 10 años, así como también a sus familias

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